El comercio internacional no son solo los aranceles de Trump, el gas de Rusia, el petróleo de Venezuela, el crecimiento de China o el estrecho de Ormuz. También lo son las mujeres que cruzan diariamente la frontera entre Ruanda y la República Democrática del Congo (RDC) para subsistir y prosperar.
En medicusmundi apoyamos a estas mujeres desde 2023. De hecho, desde medicusmundi Araba, medicusmundi Bizkaia y medicusmundi Gipuzkoa llevamos décadas cooperando con emprendimientos y cooperativas de mujeres y comunidades de Ruanda, Perú, Etiopía, Guatemala, India, Ecuador, El Salvador o Nicaragua. Además, en 2009 creamos Dendamundi, una tienda de productos de comercio justo en la calle Pío XII de Vitoria-Gasteiz.
Y es que, mientras algunos modelos económicos ponen en riesgo la salud, la sostenibilidad medioambiental o la convivencia de ciertas comunidades, otras iniciativas que van más allá del mero ánimo de lucro impulsan y fortalecen su autonomía económica, su fuerza colectiva y el apoyo mutuo, su soberanía alimentaria, su capacidad de gestión, la defensa de su territorio, la igualdad de género, la promoción de derechos y su salud.
La maldición de los recursos
La República Democrática del Congo es un país rico en recursos naturales: tiene oro, diamantes, estaño, cobalto, cobre y el 80% de las reservas mundiales de coltán. Sin embargo, esto no se ha traducido en algo positivo para la población: la RDC es una de las cinco naciones con más pobreza del mundo y donde millones de personas son desplazadas a causa de la violencia y el expolio. Es la «paradoja de la abundancia» o la «maldición de los recursos».
Sucede especialmente en el este del país, en la región de los Grandes Lagos de África. Uno de ellos es el lago Kivu, donde se ubica la frontera entre la RDC y Ruanda. Esta frontera se estableció en 1885, en la Conferencia de Berlín, cuando las potencias europeas acordaron reglas para repartirse África. RDC y Ruanda se independizaron a inicios de los 1960 y mantuvieron la frontera colonial. En esos años ya existían tensiones políticas y étnicas en Ruanda, había ataques y violencia física, pero todo escaló en los 1990, con la guerra civil y el genocidio de 1994.
El conflicto de Ruanda se exportó especialmente al Congo; un millón de ruandeses llegaron a Goma (capital de Kivu Norte, provincia de RDC): sobre todo personas refugiadas, pero también responsables del genocidio. Después vinieron el derrocamiento de Mobutu, la Primera Guerra del Congo (1996-1997) y la Segunda Guerra del Congo (1998-2003), también conocida como la Guerra Mundial Africana.
Se firmó un acuerdo de paz, pero poco después comenzó la Guerra de Kivu. Las concesiones mineras y recursos naturales de RDC son clave para entender el conflicto: hay más de 100 grupos armados activos en el este de RDC luchando por el control del territorio. Destaca el M23, que desde febrero de 2025 controla Goma y Bukavu (capital de Kivu Sur) y ha continuado expandiéndose. RDC y Ruanda firmaron un acuerdo de paz en junio de 2025, aunque se acusan mutuamente de incumplir el pacto y la guerra continúa.
Se cuentan por miles las muertes por violencia directa, las muertes provocadas por el hambre y las enfermedades o las mujeres violadas. En las minas de coltán de Rubaya (Kivu Norte), solo en 2026, han muerto más de 600 personas. Las personas desplazadas son millones. Y todo ello ha roto la cohesión social.
La pequeña gran barrera
La frontera entre Ruanda y RDC cuenta con numerosas barreras naturales al flujo de personas y mercancías. Hacia el norte del lago Kivu está Virunga, el primer Parque Nacional de África. Hacia el sur del lago, el río Ruzizi. Esto ha contribuido a crear cuellos de botella, generando numerosos pasos fronterizos informales, incluidas rutas de contrabando. Entre los pasos comerciales oficiales entre Ruanda y la RDC, el más importante es el que une a Goma y Gisenyi (la segunda ciudad más poblada de Ruanda, en el distrito de Rubavu). De hecho, es de uno de los pasos fronterizos más transitados de África y un corredor económico vital que se basa en gran medida en el comercio transfronterizo informal y semiformales.
Algunos estudios dicen que el 90% de los comerciantes transfronterizos en esta frontera son mujeres. La mayoría de ellas cruzan la frontera a pie, por el paso conocido como «Petite Barrière» (pequeña barrera). Por la «Grand Barrière» pasan los coches y camiones conducidos por hombres; la infraestructura es mejor aquí. También los chukudus, emblemáticos patinetes de madera, y otros tipos de carros con los que se transportan mercancías están reservados a los hombres. Las mujeres cargan los pesados fardos sobre sus cabezas y espaldas, con el impacto que ello tiene sobre sus cuerpos.
Los hombres tienen el privilegio de producir y comercializar bienes y servicios que generan mayores ingresos y reconocimiento y, como si eso fuera poco, el capital de partida de los hombres triplica el capital utilizado por las mujeres en este tipo de comercio: de media, una mujer pequeña comerciante congoleña arranca su negocio con 16,50 USD.
Estas mujeres transportan y venden principalmente productos agrícolas, que son perecederos y menos rentables. Los roles y desigualdades de género perpetúan la feminización de la pobreza. Además, el hecho de que las mujeres se dediquen al comercio no las libera de sus responsabilidades familiares. Por la mañana trabajan en el campo, más tarde atraviesan la frontera y regresan a casa a altas horas de la noche para realizar tareas domésticas.
A través de un proyecto apoyado por eLankidetza, Agencia Vasca de Cooperación y Solidaridad, medicusmundi ha trabajado durante dos años con 650 mujeres pequeñas comerciantes de esta frontera (325 de Ruanda y 325 de RDC) impulsando comercio responsable, educación financiera, ahorro, gestión cooperativa, derechos de las mujeres y convivencia pacífica.
De mujer a mujer
Aunque suceda en RDC, la guerra impacta en ambos lados de la frontera y aumenta la inestabilidad de la zona, afectando al comercio y a la convivencia. Esto conllevaba abusos, corrupción y complicaciones en el paso fronterizo, que cada mujer trabajara por su lado o prejuicios en los mercados contra las mujeres del país vecino.
Tras el proyecto, entre otras cuestiones, las mujeres se conocen, han creado grupos de WhatsApp, han abierto cuentas de ahorro colectivo y tienen el número de teléfono de las autoridades fronterizas y tributarias. El papel de las ONG locales ARDE/KUBAHO y SPR, con arraigo comunitario y legitimidad social, ha facilitado todo el proceso, logrando mejoras significativas para las mujeres.
Se ha organizado un grupo de 25 mujeres comerciantes en cada país y cada una de estas mujeres lidera el comité de otro grupo de 25 mujeres comerciantes de su comunidad. Estos grupos se reúnen mensualmente para beneficiarse de la formación que han recibido las compañeras del comité, ayudarse mutuamente, debatir, pedir consejo, colaborar de forma solidaria y desarrollar su capital. Cada grupo funciona según normas internas claras, acompañadas de sanciones en caso de incumplimiento.
Cada grupo ha abierto una cuenta colectiva en la que se depositan regularmente cantidades acordadas voluntariamente. Esto permite que las mujeres que coticen puedan acceder fácilmente a créditos. Debido a la utilidad de esta cuenta, a los movimientos y a los intereses que genera, las mujeres han aumentado su contribución mensual. Y también sus ingresos.
Pero más allá de su objetivo económico, los grupos se han convertido espacios de solidaridad. Las mujeres muestran una gran unidad, tanto en los momentos difíciles como en los momentos de alegría. Se han establecido mecanismos de ayuda mutua para acompañar a los miembros en bodas, nacimientos, enfermedades, fallecimientos, etc. Esta dinámica ha reforzado los lazos sociales y el sentimiento de pertenencia entre las participantes.
El enfoque entre pares, en el que las comerciantes se encargan de formar a otras mujeres de su comunidad, ha hecho que haya confianza, se use un lenguaje sencillo, accesible y contextualizado y se intercambien experiencias vividas sin temor a ser juzgadas.
Así, con el enfoque «de mujer a mujer», se ha reforzado la capacidad de incidencia de las mujeres comerciantes transfronterizas, posicionándolas como agentes de cambio capaces de influir positivamente en su entorno social.
Del estigma al reconocimiento
Las mujeres africanas son mucho más que meras víctimas sin voz, aunque muchas veces solo se las muestre de esa manera. Por eso, es necesario visibilizar su dignidad, creatividad, fuerza, liderazgo, y su aporte comunitario. Estas mujeres comerciantes son muestra de ello: se han movilizado para estar informadas y formadas sobre sus derechos y obligaciones, su salud reproductiva y sexual, gestión financiera, construcción de la paz, y han creado una red amplia y transnacional de mujeres. Cuando las pequeñas comerciantes transfronterizas están organizadas, informadas y respaldadas, pueden convertirse en auténticas protagonistas de la prevención de conflictos, la mediación y la cohesión social.
Las pequeñas comerciantes desempeñan un papel fundamental en el abastecimiento de los mercados y la subsistencia familiar, al tiempo que siguen estando muy expuestas a la inseguridad, la violencia de género, los abusos en la frontera, la corrupción y un desconocimiento generalizado de sus derechos. Antes del proyecto contaban con escaso reconocimiento, incluso eran estigmatizadas y acusadas de contrabando. Antes del proyecto no existían vínculos de intercambio entre las mujeres transfronterizas ruandesas y congoleñas, y estas relaciones creadas con otras mujeres les han dado seguridad. Ahora, el 66% de las mujeres dicen sentirse más seguras en sus actividades. Además, tras el proyecto, el 62 % de las mujeres afirma percibirse a sí mismas como referentes o modelos para otras mujeres. Y son aún más (el 72%) las que dicen haber aprendido derechos que desconocían y, lo que es más importante, haberlos ejercido en los pasos fronterizos o en los mercados.
Su participación social y su compromiso en acciones comunitarias ha aumentado, lo que ha hecho cambiar la percepción social. Ahora varios actores institucionales, de sociedad civil y comunitarios reconocen a las mujeres transfronterizas como promotoras de derechos y convivencia pacífica en el espacio transfronterizo y las valoran más positivamente. Y además, las mujeres han compartido sus experiencias, aprendizajes y logros en las radios y televisiones locales y regionales.
El contexto sigue siendo frágil y complejo. Desde febrero de 2025 los bancos y el aeropuerto de Goma cerraron por la guerra. Pero reforzando la capacidad de resiliencia de las mujeres, su liderazgo y la sororidad, con la colaboración de las autoridades fronterizas, articulando el empoderamiento económico, el conocimiento y el ejercicio de los derechos de las mujeres desde un enfoque integral y feminista, con flexibilidad y acción colectiva, ha sido posible hacer frente y superar trabas administrativas, barreras lingüísticas, la inseguridad puntual, situaciones de conflicto armado, recursos financieros limitados y resistencias culturales iniciales.
El proyecto ha contribuido a instaurar dinámicas de colaboración pacífica duraderas en el espacio transfronterizo Goma-Rubavu. Se han transformado interacciones a menudo conflictivas, en dinámicas de cooperación. Incluso, las autoridades han expresado su deseo de que el proyecto pueda extenderse a más mujeres y a otros puestos fronterizo entre RDC y Ruanda. Y en el corazón de toda esta transformación, las mujeres pequeñas comerciantes transfronterizas.












