Mikaelah Drullard: “Para ser cis hay que ser blanca”

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Travesti, negra, escritora, pensadora, activista, cimarrona, la dominicana habla de su libro ‘El feminismo ya fue’, de Ona Ediciones, en el que propone una ruptura total con el feminismo por considerarlo colonizador y propone el cimarronaje.

Mikaelah Drullard. | Foto: Ona Ediciones.

Mikaelah Drullard dice que escribe como habla y al hablar cita como si escribiera la referencia entre paréntesis, sin parar para coger aire, entre idea e idea, entre patada y patada: “El feminismo forma parte del mundo del ser porque solo el mundo del ser tiene género –Lugones–”, dice de seguido señalando a la filósofa feminista argentina María Lugones, mientras continúa con la presentación de su libro El feminismo ya fue (Ona Ediciones) en la librería La Ilusa del Bilbao.

Más que una presentación es un discurso que se ramifica, que admite anécdotas e injerencias, pero que vuelve siempre al hilo principal del pensamiento de Drullard y de su libro: “Fui colonizada por el feminismo porque el feminismo es una teoría construida y producida por mujeres blancas donde el centro de la agenda son sus problemáticas. Cuando entran las problemáticas y las experiencias y los conflictos de cuerpos maricas, disidentes, de mujeres racializadas, que no son del todo mujeres, se dan cuenta de que su teoría, que se supone liberadora, se sostiene en cómo se han sexuado colonialmente nuestros cuerpos desde 1492. A día de hoy siguen existiendo experiencias que no son de mujeres ni hombres en nuestras comunidades, ¿no?”.

“Cuando se habla de hembra humana se está utilizando una narrativa racista”

El público, que llena la librería, asiente ante la referencia a la llegada de Cristóbal Colón a Abya Yala que inició el proceso colonial y la imposición cristiana del sistema sexogenérico que dura hasta hoy. Drullard continúa enumerando algunas disidencias precoloniales del binarismo que todavía hoy perduran: “Las muxes, las otroas, las travestis que bajaron del barco y que fueron desvestidas, como hoy las feministas justifican que mujeres musulmanas sean desveladas para que puedan encajar en el ideal de mujer occidental. Esas travestis negras fueron raptadas de los barcos [esclavistas] y lo que tenían en las piernas, según el ojo de Colón, no era propio de sus vestimentas y comportamientos. Fueron forzadas a performar cisgeneridad”. Y ahonda: “Por eso cuando las terfas hablan de hembra humana están utilizando una narrativa racista, porque fueron las categorías que se utilizaron para clasificar desde la lógica binaria y heterosexual a cuerpos racializados, para colocarlos en la misma mirada ontológica en la cual se encuentran muchísimos otros seres y otras vidas que no son humanas, que no son hombres y mujeres”.

Mikaelah Drullard nació el 24 de junio de 2022 en Santo Domingo, República Dominicana. Ahora vive en México. Es “migrante y fugada del Estado antihaitiano y ocupacionista dominicano y del sistema sexo-género. Escritora, artista performance, pensadora antirracista, periodista marika, facilitadora de procesos organizativos, voguera y educadora popular”, reza la presentación de la autora en el libro prologado por la antropóloga feminista dominicana Ochy Curiel. Drullard es parte de la colectiva AFROntera Cimarrona, creadora del podcast antirracista Café Marika y Pájaro Negro, coautora en el poemario Aquelarre de Negras, en la antología ¡Pájaros, lesbianas y queers, a volar! de Dominican writers y en el fanzine Siete mil ríos nos comunican por FRESTAS Trienal de artes 2021.

“¿Paul Preciado es un hombre trans? Yo no soy trans»

Drullard es también la lideresa de “la venganza de las bonitas” con la que abre su libro, un “plan cimarrón”, “de fuga”, una acción para “quemar la casa del amo”. Es heredera de una estirpe de travestis que no piden prestado el término mujer. “Es una forma de negar el destino manifiesto que dicta la clínica, pero al mismo tiempo de contaminar el cuerpo y una categoría, por eso no soy una mujer trans. No existo en la humanidad”. Tampoco se asume como monstruo: “¿Paul Preciado es un hombre trans? Yo no soy trans. Paul es un monstruo, yo soy una cimarrona, otra cosa. Yo tengo una historia más radical que la tuya. Hay trans blancas sionistas. Si Ursula Von der Layen puede ser perfectamente feminista, si cualquier mujer blanca, fascista e imperialista puede ser feminista, me rehúso a nombrarme feminista. Y lo mismo con lo trans. El mismo hecho de que acá haya una ley trans y no una ley antirracista ya da cuenta de que, como un cuerpo blanco puede ser trans, entonces eso puede formar parte de la agenda, pero como un cuerpo racializado es el único que experimenta el racismo, eso no forma parte de los temas prioritarios de la agenda”, sentencia.

Drullard piensa y genera desde la incomodidad: “Cualquier movimiento, cualquier teoría donde un blanco se sienta cómodo, es un problema. Hay que revisar esa vaina porque seguramente es racista. Fíjense que voy por temas –dice entre risas–, ya fui por el veganismo, ahora a por el poliamor y la anarquía relacional”. La escritora ha publicado este año y también con Ona ediciones, Veganismo blanco. Sobre este tema también ha hablado en su cuenta de Instagram, donde tiene casi 60.000 seguidoras y hace vídeo-charlas explicando algunos de sus posicionamientos.

Drullard durante la presentación que realizó en septiembre en la librería La Ilusa de Bilbao. Foto: La Ilusa.

En su charla en la librería explica que su huida es contra los procesos coloniales que embrutecen a los cuerpos no blancos, organizando así las jerarquías que permiten que unas vidas sirvan a otras, que permiten el capitalismo racial y los sistemas de opresión. Drullard escribe y piensa desde la práctica y desde su experiencia vital y cuando habla de huida de los procesos coloniales no solo se refiere a rechazar conceptos en el mundo de las ideas, de la academia. Es su historia, son sus vivencias, como cuando le llamaban mujercita –“yo llegaba a casa llorando, y ahora me pregunto si me estoy reapropiando de todo eso” – en su barrio. Esta violencia se enraíza en la organización geopolítica que coloca a República Dominicana como uno de los “laboratorios coloniales donde la policía es el aparato más presente y más represivo, donde la violencia es una cotidianidad, donde no es un mundo de blancos, donde la resistencia parte de muchos lugares”.

«Cualquier lugar del mundo es un paraíso para los blancos, incluso Gaza»

“Hay contextos que son profundamente hostiles, aunque las blancas de este lado de Europa creen que República Dominicana solo es Punta Cana. O La Romana, donde está Casa de Campo y todo son villas. Beyoncé tiene una villa, Shakira, Marc Anthony. Cualquiera que ustedes piensen tiene una villa porque es el paraíso del caribe. Cualquier lugar del mundo es un paraíso para los blancos, incluso Gaza. A pesar de estar en una destrucción total, en su imaginación blanca hay una Riviera. No hay lugar hostil para el blanco. Los lugares hostiles y las heridas abiertas –Anzaldúa–, la violencia, siempre se encuentran atravesadas y habitadas por cuerpos que son negados. Cuerpos que se convierten en zonas sacrificables como los territorios”.

Esos espacios paradisíacos “son inaccesibles a los cuerpos racializados y empobrecidos de ahí de los que muchas salimos corriendo”. Drullard no coge aire ni para matizar esto rápidamente: “Fíjense que solamente una misma puede hablar mal de su propia gente –mira fijamente al público, donde hay personas racializadas y blancas–, porque luego las blancas escuchan esto y dicen: ‘Ay, efectivamente, tenemos que llevar el programa modernizador para hacer este lugar’. Marica, ya lo hicieron en 1492, no más”.

«Mami siempre tenía un machete detrás de la puerta»

Esta advertencia a la blanquitud, como todo en su pensamiento, no es solo teórica. Drullard reconoce que las blancas tienen razones para tenerle miedo: “Soy una tipa que se sabe defender, que sabe hablar, y eso no crean que lo aprendí en una institución, lo aprendí de mami que siempre tenía un machete atrás de la puerta, que decía, ‘una siempre tiene que estar lista porque una no sabe’”. Hace una pausa breve para que paren las risas. “Cuando algo pasaba, ella siempre, siempre se ponía un pantalón jean de mezclilla muy apretado, a veces se acostaba en la cama y había que ayudarla para subirse el zipper así. Y se recogía el cabello porque decía, ‘las que no saben pelear se jalan el cabello’”.

“No vi todas esas red flag del feminismo”

“Los contextos, ¿no?”, interroga con una pregunta retórica. Porque República Dominicana, ese paraíso vetado a las travestis negras, ese país que la expulsa, también es el lugar donde una madre negra tiene un machete. “Ella es de San Juan de la Maguana, donde dicen que las mujeres pelean muy bien. Las respetan, tienen una reputación en toda la isla, y muchas veces nosotras también sabemos cómo funciona la policía en nuestros barrios”. Una de las críticas más feroces que Drullard le hace al feminismo blanco es su exigencia de legislación y represión para pelear contra las violencias: “Yo tenía tres años, cuando mi papá por primera vez levantó a mi mamá para que le hiciera de comer, la levantó del brazo, la agarró del brazo y mi mamá se paró. Dijo: ‘Sí, ahorita te lo hago’, y agarró una lámpara de trementina de esa que tiene fuego y se la partió en la cabeza. Y le dijo ‘que sea la última y la primera vez porque a mí nadie me ha puesto una mano encima y no necesito una ley que se llame Juanita’. Y lo coció. Y con esas dinámicas de defensa de la vida y de las crianzas son también, al mismo tiempo, territorios que te expulsan”.

“Yo salgo corriendo de República Dominicana porque tenía una herida abierta, tenía muchas preguntas, no sabía qué onda con mi vida, porque yo sentía muchísimo dolor en mi corazón. Llego a México donde por primera vez me encuentro con el movimiento feminista. Me enamoré del feminismo, luego me desenamoré y decía, ‘el feminismo es como mi ex, marica, yo nunca vi todas esas red flags. No me dejaban hablar, era culpable porque tenía algo en el cuerpo, era un cuerpo negado en cualquier espacio”, relata. Antes de llegar al feminismo, Drullard cuenta entre risas que pasó por la iglesia pentecostal que describe como un “proyecto de colonización moderna perdura en el Caribe, en Centroamérica y en países del sur como Brasil. Las iglesias evangélicas apoyan al Estado de Israel. Yo vengo de ahí. O sea, yo fui evangélica, yo fui feminista, yo fui colonizada”, sentencia.

Tras salir de República Dominicana, Drullard cuenta que llegó a “otros feminismos” buscando respuestas, pero se encontró con un patrón que se repetía: “Todos esos otros feminismos insisten en la reforma de la teoría de la ama. El feminismo sin apellido siempre le ha sido insuficiente, porque el feminismo sin apellido siempre ha sido un feminismo de mujeres blancas racistas”.

Según Drullard, ese feminismo sin nombre propio es el que “universaliza la experiencia de la mujer” y construye “falsos puentes entre todas las mujeres del mundo como un sujeto con una experiencia compartida”. Al hacerlo, sostiene, borra las relaciones de poder entre mujeres: “Oculta las relaciones de opresión y dominación que ejercen mujeres blancas porque solamente se quieren entender como mujeres en relación a los hombres”. Así —añade— reproduce el binarismo, la heterosexualidad y el pensamiento heterosexual, incapaz de “imaginar cuerpos sin género”. “No es que se les olvidó, es que no lo quieren ver voluntariamente”, afirma, porque reconocerlo implicaría asumir que “son mujeres profundamente violentas” y que, aunque sufran violencia por parte de hombres blancos, “son profundamente opresoras en relación a otras subjetividades en el mundo”.

Para ella, no hay crítica al feminismo que no sea conflictiva. “Todos surgen de un malestar, de una herida”, también cuando se organizan las putas y hablan de “feminismo puto” o de “feminismo de putas”. En esos discursos, señala, se denuncia que existe una feminidad blanca cuya sexualidad se presenta como norma y donde “no caben otras formas de autonomía” como el trabajo sexual o el uso del velo.

Lo mismo ocurre con las expresiones sexuales que no encajan en la moral blanca. Drullard pone como ejemplo a la cantante y vedette dominicana Tokischa: “Es una perra en calor que habla de cómo quieren que le echen la leche en la cara, acá, que quiere coger acá, que va a hacer una peli en el balcón. ¿Ustedes se imaginan a Amelia Valcárcel haciendo una peli de eso? No hay mujer más feminista e ilustrada que Amelia Valcárcel. Porque esa es la mujer liberada”, afirma, “blanca, es la ama”. Todo lo que queda fuera de esos márgenes —“toda sexualidad, toda expresión otra del cuerpo, toda otra autonomía”— es desterrado y deshumanizado, aunque, puntualiza, “nunca hemos sido humanas”.

Todos esos feminismos parten de cuestionar la experiencia común: “¿Cómo me vas a decir que la cocina es opresiva si yo vivo en una sociedad tan blanca y tan racista y cuando entro a mi casa es el lugar más seguro que tengo?”. El espacio público europeo se presenta como una liberación y un espacio seguro cuando, dice, “a veces tú te metes en tu cuarto y es ahí donde tú te sientes más en paz”. Apela entonces a Fanon y a Nelson Maldonado-Torres para explicar la división entre la “zona del ser” y la “zona del no ser”: arriba, lo humano, donde hay género; abajo, cuerpos racializados “desprovistos de género”, destinados al sacrificio.

Desde ahí lanza una de sus afirmaciones más contundentes: “Para ser cis hay que ser blancas”. Recuerda que esta batalla no es nueva y cita a Sojourner Truth —“¿Acaso yo no soy una mujer?”— para señalar que muchas mujeres racializadas “por más que quieran, no caben en la categoría de mujer”. Son categorías de blanquitud, dice, que dejan fuera a negras, indias, travestis, cuerpos animalizados, cuerpos desbordados “porque no son cuerpos blancos”.

La venganza de las bonitas

El jean de mezclilla muy muy pegado le quedaba estupendo a su madre, dice Drullard, que era muy alta, como ella. “Me parezco mucho a mami”, cuenta orgullosa. “La colonización siempre ha tenido que ver con la estética. El ojo del blanco siempre nos clasifica, nos niega, el ojo del blanco que construye las fronteras geográficas del mundo”. Este libro de Drullard es una propuesta de emancipación –“Escribo porque la gente no espera que las travestis racializadas, caribeñas, migrantes, escribamos”– y de cimarronaje como “práctica política de fuga y descolonizadora. No quiero un cuarto dentro de la casona como las feministas quieren un cuarto dentro del estado y una repartición del poder. Quiero fugarme de la plantación para existir de un modo otro”.

La propuesta de esta pensadora es perpetrar una venganza, una venganza contra esa mirada que clasifica como abyectos los cuerpos que no encajan en la norma: “No verte bonita es como mentirte a ti misma, ¿no?”, pregunta al auditorio. Y en el libro especifica quién ejecutará esa venganza: “Las blancas quieren ser bonitas, pero viven encerradas en una ilusión de falsa belleza. Las negras, mulas, travestis, negras, somos bonitas. Las maricas somos bonitas. Las travestis somos bonitas, las trans somos muy bonitas, las trabajadoras sexuales son bonitas y las abolicionistas son feas. Las vogueras somos bonitas, las subalternas despropiadas, tercermundistas, realizadas, somos mucho más que bonitas”.

 

Esta es la sexta colaboración entre Pikara y medicusmundi Bizkaia dentro del proyecto «FRENTE A LA VIOLENCIA SIMBÓLICA, MÁS COMUNIDAD: NOSOTRAS, NOSOTROS, NOSOTRES. La violencia simbólica, la violencia más sutil», financiado por la Diputación Foral de Bizkaia.

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