Detransicionando más allá del ideario ultra: “Voy a convivir con las decisiones que he tomado”

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Varias personas trans relatan motivos médicos, identitarios o sociales para abandonar tratamientos con hormonas. Estas son algunas de las voces de una realidad que la ultraderecha se afana en instrumentalizar contra los derechos trans.

Texto: Deva Mar Escobedo | Pikara Magazine

Imagen: Oliver Mu

Oliver Mu tenía 17 años cuando empezó un tratamiento hormonal con testosterona. A los dos años y medio, empezaron a pesarle algunos efectos secundarios desagradables, como sofocos, picores en el cuerpo y mucho acné. Síntomas que soslayó durante años porque valoraba los efectos masculinizantes del tratamiento en su cuerpo y una mayor aceptación social de su identidad como chico trans, pero que acabarían por precipitar el abandono de la terapia hormonal.

Hubo una cuestión médica que sobresalía por encima de todo. Mu dice que desde que empezó con la testosterona notó un deterioro en la mucosa vaginal: “Soy bastante hipocondríaco, tenía mucho miedo a la atrofia vaginal porque había visto casos bastante graves. Son pocos, pero los hay”. Fue este miedo el que desequilibró la balanza en favor de abandonar el tratamiento. Hoy duda de si fue la testosterona la que debilitó sus paredes uterinas o si la culpable era una endometriosis que no le diagnosticaron hasta después de dejar las hormonas.

Fuera la que fuera la causante de sus miedos, Mu dejó de pincharse testosterona. Fue una decisión difícil en la que pesaba el miedo a que el desistimiento encendiese alarmas en su entorno: ¿se había arrepentido? ¿Dejaría de ser Oliver? Su identidad había cambiado en los cinco años que había estado en testosterona: había pasado de entenderse como hombre a leerse en algún lugar fuera del binarismo de género, pero no había vuelto a identificarse como mujer, no había dejado de ser trans. Sin embargo, comunicar esta complejidad puede ser difícil en una sociedad que entiende las transiciones médicas como un viaje de ida y asume que quien descarrila es porque se ha equivocado o arrepentido con respecto a su identidad.

Dejar las hormonas por motivos médicos

Las interrupciones de transiciones médicas no se han investigado mucho en el contexto del Estado español. Un estudio publicado en 2020 en la revista de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición señaló que 796 personas fueron atendidas en la unidad especializada en tratamientos para personas trans del Hospital Doctor Peset de València entre 2008 y 2018. De ellas, solo ocho abandonaron el tratamiento en ese periodo, lo que supone un uno por ciento del total.

No hay estudios con una muestra adecuada que aborden las motivaciones de los abandonos de tratamientos hormonales en el Estado español. La literatura académica señala que las interrupciones pueden ser causadas por factores internos, como un cambio de identidad, o externos, como el estigma hacia las personas trans. Puede existir arrepentimiento o no. Solo una de cada cinco personas que abandonan transiciones médicas vuelve a considerarse cisgénero, según un estudio publicado en la revista científica JMIR en el que participaron casi 1.000 personas. Predomina quien se sigue identificando como trans, las ‘detrans’ (detransitioners, personas detransicionadoras) y las no binarias, en ese orden.

Asier García Sánchez es un chico trans no binario y se arrepiente del año que estuvo tomando testosterona, entre 2019 y 2020. Es un pesar “ligero”, aunque tiene momentos de cuestionarse todo. No sabe si mereció la pena la masculinización, que disfrutó, frente a los efectos secundarios que sufre. Relata que hoy tiene la libido más baja y dolores de regla más fuertes que antes del tratamiento. No sabe si achacar esos síntomas a haber pasado un año en testosterona, pero se inclina por esa opción por comentarios que hizo el personal médico que le atendió durante su transición médica. “Hay ciertos mensajes de que estás ‘jugando’ con tu cuerpo. Me han metido el miedo de que cualquier cosa que me esté pasando tiene que ver con las hormonas”, relata. Dejó las hormonas por temores médicos que se unieron a un cambio en su identidad que le llevó a leerse fuera del binarismo de género.

Darko Decimavilla ya vivía como no binarie antes del tratamiento hormonal, pero también lo dejó por motivos relacionados con la salud. Empezó la terapia feminizante hace tres o cuatro años y tenía claro que quería hacer una transición a su manera. En sus palabras, no quería el “pack completo” de la feminidad.

Su camino se desvió hace siete meses, cuando abandonó parcialmente el tratamiento forzade por las circunstancias. En ese momento, estaba tomando medicación potente por una enfermedad degenerativa y se encontraba en el proceso, muchas veces violento, de pedir el reconocimiento de su discapacidad. La terapia hormonal le generaba mucha inestabilidad emocional y decidió que era demasiado para un momento vital difícil. Los altibajos de ánimo eran lo último que necesitaba. Dejó de aplicarse los parches de estrógenos, aunque mantuvo los bloqueadores de testosterona “por recomendación médica”, ya que el antiandrógeno que toma tiene un efecto de bajada de tensión que le venía bien.

Pausar y retomar la terapia hormonal

“Una vez me haya centrado, decidiré si vuelvo o no” a la terapia completa, dice Decimavilla. Como todas las personas entrevistadas para este reportaje, no pone un punto y final a su historia con respecto a los tratamientos afirmativos. Las entrevistadas saben que, al igual que la vida les llevó a hormonarse y posteriormente a dejarlo, tal vez vuelvan a cruzar esa puerta en un futuro. Qam, que prefiere no aparecer con apellidos, ya hizo ese camino de vuelta: estuvo un mes y medio en testosterona, la dejó durante unos años y la retomó en 2022.

Hay personas trans que esperan a estar en tratamiento hormonal y conseguir una apariencia más cercana a la expectativa social de cómo luce un hombre o una mujer antes de salir del armario en su entorno. A Qam le ocurrió que la testosterona estaba produciendo cambios en su cuerpo muy rápidamente. Tanto, que iba a obligarle a gritar al mundo que era trans antes de lo que habría querido. “Pensé: ‘lo tengo claro, sí me gusta [la testosterona], pero voy a parar porque a nivel social no quería dar ese paso. Quiero esperar a un momento en el que me sienta más seguro a la hora de enfrentarme a la reacción social y a la gente haciendo preguntas”, comparte. Ese momento llegó tres años después de ese periodo de mes y medio con los pinchazos, cuando ya había terminado el grado universitario y estaba independizado en su propio piso.

Sentimientos complejos

Uno de los hitos de la lucha por los derechos trans es la aprobación en 2023 de una ley que establece la autodeterminación de género. En corto, elimina la obligación de estar en tratamiento hormonal durante dos años antes de cambiar el sexo registral y permite modificar este marcador con una declaración ante la jueza de un registro civil. Antes de esa victoria, en 2018, se había conseguido otro cambio jurídico que facilitaba la adecuación de documentos: se permitió que las personas trans que no hubieran modificado su sexo pudieran cambiarse el nombre.

Todas las personas que aparecen en este reportaje comenzaron su tratamiento hormonal después de permitirse el cambio de nombre, pero antes de la entrada en vigor de la ley de autodeterminación de género. Todas menos una. Davie Rey se nombró trans por primera vez en ese erial de derechos básicos previo a 2018 en el que, para cambiar documentos administrativos, se obligaba a pasar por dos años de hormonación. Rey, que aspiraba a graduarse de Bachillerato con su nombre y género correctos en el título, es la única persona entrevistada que nombra las obligaciones burocráticas como motivo para empezar la hormonación. De no haber existido presión jurídica para hormonarse, cree que se habría tomado la transición médica con más calma y habría empezado testosterona más tarde o con microdosis.

Para cuando llegó la pandemia, Rey llevaba tres años en hormonas. El parón y el aislamiento de la cuarentena le dieron tiempo para pensar y reflexionar sobre su identidad y sobre su cuerpo. Se acercó al no binarismo y al lesbianismo y se dio cuenta de que algunos efectos masculinizantes de la testosterona le empezaban a dar disforia. Fue este rechazo a algunos de los cambios propiciados por la terapia hormonal lo que le llevó a dejarla.

Rey no se arrepiente de haber tomado testosterona, pero sí de haber estado tantos años en tratamiento. Sus sentimientos son complejos. Agradece la voz más grave o el vello que le ha legado su tiempo en terapia hormonal. Se alegra de que dejar de pincharse detuviera la calva incipiente que amenazaba con finiquitar su androginia, pero se despide con tristeza de algunos cambios, como el fenotipo más masculino que ha ido perdiendo. Explica tener “disforia en ambas direcciones”, es decir, a veces le genera angustia lo masculino y a veces lo femenino: “Llegué a la conclusión de que estas son decisiones que he tomado”. Le tranquiliza saber que todos los cambios vividos con la testosterona y la mastectomía son potencialmente reversibles: la barba puede desaparecer con láser, la voz puede agudizarse con entrenamiento, las entradas esfumarse con implantes capilares y el pecho puede volver con una mamoplastia. Esas opciones están ahí. Mientras, dice que, como cualquiera, se tapa las entradas con el flequillo y hace su vida. “Voy a convivir con las decisiones que he tomado porque me han convertido en la persona que soy ahora y esa persona no me disgusta”.

Un programa político para la ultraderecha

En Reino Unido, en 2019, Keira Bell abandonó el tratamiento con testosterona. Detransicionó. Después de un tiempo viviendo como hombre, volvió a identificarse como mujer y se arrepintió de haber tomado bloqueadores hormonales con 16 años y testosterona con 17. La historia podría haber terminado ahí: una chica se arrepiente de haber seguido un tratamiento médico y trata de seguir su vida como mejor puede, pero, en vez de eso, se unió a una demanda contra la clínica de identidad de género que la atendió para tratar de limitar el acceso a tratamientos a adolescentes trans.

El caso empezó su andadura en tribunales en 2019 y concluyó en 2020 con una sentencia que exigía en Reino Unido aval judicial para que jóvenes de 16 o 17 años recibieran tratamientos afirmativos de género. El fallo fue revocado posteriormente en instancias superiores, pero, para entonces, el caso ya se había convertido en bandera de quienes buscan limitar la autonomía corporal de las personas trans. Había nacido un movimiento global: el movimiento ‘detrans’.

“Para los ultraconservadores, la detransición es un programa político”, sostiene Rosa María García, filósofe y sociólogue. Las personas que detransicionan son reales y sus necesidades también lo son, pero eso no le interesa al movimiento antigénero. Según García, que es coautore de un ensayo sobre detransiciones incluido en el libro Trans/bordes. Nuevas líneas para el pensamiento trans* (Kaótica, 2026), la ultraderecha subordina las vivencias de quien desiste de tratamientos hormonales o de una identidad trans a una narrativa política que viene a decir ser trans es una enfermedad propia de hombres peligrosos y mujeres engañadas. Para los ultras, la consecuencia lógica de este pensamiento es que hay que eliminar los tratamientos afirmativos de género.

El término detransición es relativamente nuevo y carece de una definición consistente en la literatura académica, según explicó el investigador de la EHU Pablo Expósito en el I Congreso internacional sobre infancias y adolescencias trans celebrado en Bilbao en 2025. El también profesor de Psicología expuso que el término se suele utilizar “para describir el proceso por el que una persona detiene o revierte los cambios sociales, administrativos y/o médicos involucrados en su transición de género, ya sea parcial o totalmente, temporal o definitivamente”, según consta en la memoria del encuentro. Según esta definición, todas las personas que cuentan su vivencia en este reportaje son detransicionadoras, pero no todas se leen en ese paradigma. Algunas rechazan de plano el término por su utilización oportunista por parte de los ultras; otras no se entienden así porque el imaginario social sobre la detransición es muy restringido: abandonar la identidad trans, normalmente arrepentimiento mediante.

Oliver Mu creó un fanzine que le ayudó a gestionar emocionalmente el proceso de dejar las hormonas y lo subtituló “una crónica de una re-transición hormonal”. Cree que ese término se adecúa más a su vivencia y critica el concepto de detransición, que en el propio fanzine dice que ha servido para castigar e implantar un sinfín “de bulos y prejuicios sobre nuestra comunidad”. Aun así, cree que en la comunidad trans hay una cierta demonización de las personas que interrumpen tratamientos. “Deberíamos estar más abiertos a hablar con gente que detransiciona si no instrumentaliza esa detransición”, reflexiona.

Andrew Gartzea, coautor junto con Rosa María García del capítulo mencionado, argumenta que no se puede abandonar el marco de la detransición a la ultraderecha y recuerda que no siempre fue un programa político del conservadurismo. “En el siglo pasado y dentro de las comunidades LGBTIQ+ nos encontramos con mucha inclusividad a personas de/trans”, asevera por escrito. Cree que el rechazo a las detransiciones tiene que ver con un intento del colectivo por integrarse y encajar en la norma, lo cual considera que lleva a ignorar realidades diversas entre las personas trans y a pensar que las transiciones son lineales. “Abrir el melón de la de/transición en nuestras comunidades nos permite preguntarnos quiénes somos y hacia dónde vamos”, receta Gartzea.

Rey tampoco está cómode con la etiqueta detrans. Confiesa que la utiliza para encontrar información sobre gente que pueda estar en una situación parecida a la suya, pero también muestra incomodidad con el concepto por la instrumentalización de la extrema derecha: “Hay gente detrans que compra el argumentario de que, como ellos empezaron de adolescentes y luego se equivocaron, nadie más debería poder empezar con hormonas a esa edad. Les falta tocar hierba. Igual con ellos no funcionó empezar la transición temprano, pero otra gente lo necesita”.

 

Esta es una colaboración entre Pikara y medicusmundi Bizkaia dentro del proyecto «Generando transformación social: miradas locales-globales sobre violencia simbólica y Diversidad Sexual y de Género en el ámbito educativo, universitario y sanitario», apoyado por eLankidetza, Agencia Vasca de Cooperación y Solidaridad.

Este reportaje se difundió en el boletín Feministas organizadas en todas partes, junto a otras piezas de periodismo feminista sobre violencia simbólica y salud; con temas y debates como, la violencia contra personas intersex en el sistema sanitario, las enfermedades de primera y de segunda, reflexiones sobre lenguaje inclusivo y las implicaciones de quitar el término «niñas» de registros administrativos, violencia machistas y reparación, o violencias machistas y adicciones.

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